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Gómez Rufo ha publicado artículos y trabajos periodísticos en distintos diarios y revistas, españoles y extranjeros. Sus colaboraciones han aparecido en periódicos como El País, El Mundo, El Independiente, El Sol, Diario 16, La Vanguardia, Informaciones, Pueblo, Diario de Valencia, El Correo, El Ideal de Granada, Diario de Cádiz, El Faro de Vigo y El Periódico de Catalunya; y en revistas como Cambio 16, Tiempo, El Globo, Leer, Interviú, Panorama, Perfiles, Guía del Ocio, La Gaceta del Libro, Abril (Luxemburgo) y La Revista del Sur (Suecia).

 

AQUÍ SE PUEDEN LEER ALGUNOS DE SUS ARTÍCULOS PUBLICADOS.

* EL CULTURAL- El Mundo
El congreso de Sevilla (2003)
* Leer Artículo (en PDF)
* DIARIO 16
Guerras Literarias
* Leer Artículo (en PDF)
* V-21
Madrid perenne (2000)
* Leer Artículo (en PDF)
* DIARIO 16
Lo que cuesta abrir una puerta (2000)
* Leer Artículo (en PDF)
* El País
Del Retiro al cielo, vía Manhattan (2000)
* Leer Artículo (en PDF)
* Revista Leer
El editor en la era del cyber (2002)
* Leer Artículo (en PDF)
* LA CLAVE
Las mil y una muertes de la novela (2001)
* Leer Artículo (en PDF)

 

OTROS ARTÍCULOS

EN "EL MUNDO"

PAGAR EL PATO

En estos días nos despertamos, cada mañana, con una noticia peor que la anterior. Y no sólo en lo que se refiere al déficit, la deuda, esa prima que es de riesgo (como casi todas las primas durante nuestra adolescencia) y los recortes sociales, sino en algo más profundo e importante, incluso, que la economía: la Cultura. Puede que siga en vigor el viejo apotegma de primun vivere, deide philosophare, pero cualquiera que estime que la cultura es un segundo plato, o una guarnición prescindible en el menú de la supervivencia, desconoce de qué alimentos se nutre el ser humano para conservar ese concepto tan en desuso como es la dignidad.
Un día nos enteramos de que cierran el Centro Cultural Niemeyer; otro que se suprime el premio Torrevieja de novela; al siguiente que el ayuntamiento de Madrid aplaza la exposición “Camerinos”; luego que Valencia elimina la Mostra de cine; después que los gobiernos navarro, balear, madrileño y de Castilla-La Mancha podan la educación y la cultura como primeras medidas; y, por si fuera poco, se suceden las informaciones acerca del fin de actividades en centros culturales, fundaciones y universidades de toda España. ¿Qué nos queda? ¿Que no esté garantizada la próxima edición de la Semana Negra de Gijón o de los mismos Premios Príncipe de Asturias? ¿Que las editoriales dejen de contratar, las galerías de exponer y los auditorios de celebrar conciertos? Pues en eso estamos.
Porque ése es, al parecer, el camino por el que transitan la Cultura y los creadores. Y renunciar a (o recortar) la cultura es un brindis al sol de los políticos en la falsa creencia de que se trata de algo superfluo. Como explica tan certeramente el gran periodista Antonio Ubero (en el paro, también), “es necesario que la sociedad estime el ingenio y la inteligencia, valore la autoridad del creador y del pensador y supere de una vez por todas ese prejuicio absurdo de confundir instrucción con elitismo. Que la gente se entere de que la cultura no es sólo vender libros, discos o cuadros. La cultura significa aprender a vivir”. Una gran reflexión.
Tan buena, que los dirigentes políticos no llegan a creer en ella. Tal vez sea porque no aporta votos. O puede que los sucesos ocurridos en la SGAE hayan desacreditado a los creadores, que la burla mediática a “los de la ceja”, que apostaron en su día por un partido concreto, se considere oportuna, graciosa, democrática y justa, o que la concesión de subvenciones a la creación cultural (como existen en todos los países civilizados que protegen la cultura como un bien irrenunciable) duela más que las concedidas a la agricultura, la pesca o la banca. Puede, en fin, que no exista una concepción social extendida de que ser cultos es ser libres o de que, en palabras de García Lorca (Fuente Vaqueros, 1931), “no sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales”. ¿Nos suena? O las de Menéndez Pidal (1931): “El lema de la República debe ser: ‘Cultura'. Cultura, porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.

Sin embargo, nada se está oyendo sobre esto en las propuestas programáticas de los candidatos del 20-N. Y lo que se oye es como para echarse a temblar: Rajoy insinúa la supresión del Ministerio, ya lo hizo Aznar, y a Rubalcaba sólo se le ha oído recetar, en las conclusiones de la Conferencia Política socialista, “media hora de lectura diaria con los hijos como medida para mejorar su rendimiento escolar”. Y en el Liber apoyar a los editores-empresarios proponiendo la rebaja del IVA al libro electrónico al 4%. Pero... ¿y para los creadores? ¿Qué medidas, propuestas y cauces ilusionadores ofrecen para que no se vean obligados a dejar su oficio para convertirse en “máquinas al servicio del Estado, en esclavos de una terrible organización social”? (Lorca, op.cit). ¿O es que cabe concebir hoy un mundo sin cine, teatro, música, libros, pintura, series, moda…? ¿Y quiénes crean? ¿Los políticos? No. Tampoco lo harían los creadores indefensos y hambrientos. Invito a leer el magnífico artículo de Luis Alemany, publicado en El Mundo.es el pasado 19 de marzo, titulado “Papá, el pobre, es artista”, o el publicado hace unos días, también en El Mundo, “¿Y usted vive de esto?”, de Eva Díaz Pérez (ambos en la página web de elmundo.es). Puede que ilustre a los candidatos y que lleve un poco de luz a aquellos ciudadanos que creen que, si en la vida hay algo que sobra, eso es la cultura. Porque todos sabemos que estamos en una gran crisis, y que a todos nos toca pagar el pato; pero cebarse con la Cultura, que es el imprescindible alimento que alivia, evade, enriquece, enseña, complace y dignifica, “conduce a la agonía del alma insatisfecha, que dura toda la vida” (Lorca). Y esto es, ni más ni menos, lo que están haciendo. Esperemos que comprendan que están a tiempo de rectificar. EL MUNDO. 12 de octubre, 2011.

 

Carta (utópica) a Tierno Galván
El Mundo. 19 de enero 2011.


TRIBUNA: POLÍTICA Y SOCIEDAD


En el 25 aniversario de su muerte, el autor recuerda al ex alcalde de Madrid y reivindica su ideario progresista. Lamenta que los dirigentes actuales traten de lavar el cerebro de los ciudadanos tratándolos como si fueran niños

Querido profesor: Hay ocasiones en que el tiempo se esfuerza en lavar la añoranza, pero el alma sigue herida. Además este año también se ha ido Berlanga allá a donde los espíritus geniales tengan reservada morada, y su marcha tampoco ha ayudado al sosiego. Con tanta orfandad, se abren grietas por las que se cuela la tristeza; por eso en esta ocasión le escribo desde el desconsuelo y también desde la indignación, y sin el ánimo festivo que usted supo transmitir a cuantos compartimos años de aprendizaje, valores éticos y compromiso con unos ideales que siguen vigentes y, en mi opinión, más necesarios incluso que cuando los invocábamos y reclamábamos.

Puede que la indignación sea pócima que avive la lucidez, o alimente el pesimismo, pero lo cierto es que estoy persuadido de que han pesado 25 años desde que usted puso fin al viaje de la vida y el mundo no es mejor que cuando lo dejó. Ha bastado un cuarto de siglo para que apenas lo reconozcamos. Aquellos sueños de una sociedad justa, libre, solidaria y en armonía con el medio que nos alimentaba no sólo no se han cumplido sino que nos hemos empeñado en edificar un modelo de sociedad cada vez más injusto e insolidario, y menos libre. Cuando usted dejó escrito en Europa o el fin de la utopía que «si no pensamos por delante, si no avanzamos, vamos a caer en la necedad de pensar que las ideas superiores no sirven en momentos de crisis», acertó de plano, pero nadie atendió a la advertencia. Y el resultado de este deterioro de la libertad y fuga de la sensatez ha conducido a un modelo de sociedad defendido por igual por los gobiernos conservadores y progresistas, ambos rendidos ante un pragmatismo desideologizado y ante el que los individuos carecemos de más salida que la resignación. O la sumisión. ¿Recuerda El perseguidor, de Julio Cortázar, refiriéndose a Johnny, el saxofonista, cuando decía aquello de «Me siento como un hueco a su lado»? Por desgracia, ahora, con respecto a esta sociedad, todos somos un hueco.

No son sólo la gran crisis económica provocada por la avaricia del dinero, la amenaza del terrorismo internacional y el cambio climático que está destruyendo este hogar compartido que es la Tierra los que exigen un replanteamiento global y un principio de rectificación. Es que, considerados ciudadano a ciudadano, parece haberse pactado una conjura para que todos estemos inmovilizados por el miedo. Cabe pensar, don Enrique, que el culto al miedo ha sustituido a las viejas creencias religiosas en la intimidad del ser humano. De hecho, uno de cada dos anuncios publicitarios aconseja adquirir milagros para preservar la salud, conservar una apariencia jovial o comprar un nicho de seguridad. Además, las leyes que se promulgan, en lugar de liberar a los ciudadanos, han erigido un Estado-padre que considera menores de edad a sus súbditos, y la gestión de los gobiernos tiene una deliberada finalidad económica de cuadrar las cuentas públicas, al dictado del mercado, y así intentar ganar las siguientes elecciones. No se plantean soluciones de futuro ni se piensa por delante porque los gobernantes se conforman con salidas fáciles hasta los siguientes comicios. No se asombre, profesor: si me pregunta quiénes nos gobiernan, responderé que gente joven de partido que no se relaciona con la sociedad, sólo se aplauden entre ellos en las madrigueras de su organización, así que no es de extrañar que sumen a la ignorancia la ambición, y a la ambición, la complacencia.

No le gustaría el camino por el que transitamos, profesor. Ni tampoco la meta que se vislumbra en el horizonte. Todo aquello en lo que creíamos ha dejado de importar y la jerarquía de valores que defendíamos se ha desmoronado cual castillo de naipes. La realidad de 2011, un cuarto de siglo después, es que no se impide la injusta acumulación de riqueza en unas pocas manos mientras, para distraer, se dictan leyes y más leyes que no figuraban en los programas electorales, convencidos de que aquellos votos autorizan después a decidir cualquier cosa en nombre de los ciudadanos. ¿Sabe que ahora, entre otras muchas cosas, se prohíbe despachar una botella de cava después de las 10 de la noche, vender un antibiótico sin receta y fumar? Además se puede castigar con penas de cárcel por conducir deprisa, se dificulta educar a los hijos en el idioma español en Cataluña, se cuestiona el derecho a remunerar una creación artística, se impide conducir sin cinturón de seguridad y viajar en avión con un frasco de colonia. Niegan la idea de que los ciudadanos son mayores de edad y para ello articulan un burdo sistema propagandístico de lavado de cerebro y sancionan cualquier actitud diferente a la resignación.
Por el contrario, y aunque le cueste trabajo creerlo, profesor, se puede vender alimentos adulterados y pescado con mercurio, especular con el suelo y la vivienda, explotar a los jóvenes con contratos temporales sin horario, con salarios indignos y sin garantías laborales… Se sabe que el suicidio es la primera causa de muerte en menores de 35 años en España, sin que la responsabilidad de la escuela, las empresas y la sociedad se contemple, y se autoriza la contaminación urbana, la desertización, el envenenamiento de ríos y la destrucción del planeta con emisiones de CO2. En definitiva, se decide que cualquier actividad humana debe ser regulada y sancionable mientras otras se desatienden interesadamente.

Esta es, vista desde la indignación y el desconsuelo, la situación 25 años después de haberse marchado, profesor. Somos un hueco, como le decía, y los ciudadanos (asombrados o atemorizados) alzamos los hombros y nos conformamos. Aquel espíritu inconformista que surge de la reflexión serena, aquellas ideologías, al igual que la reivindicación de ser tratados como seres humanos con los derechos y deberes nacidos en la Revolución Francesa, han dado paso a un mundo temeroso y hostil en el que el deber primordial no es ayudar al vecino sino denunciarlo a la menor sospecha, jaleándose por los gobiernos la delación y acercándonos a aquel infierno que Orwell describió en su novela 1984. Ah, lo olvidaba: Montesquieu ha muerto. Los poderes Ejecutivo y Legislativo pertenecen, aunque lo nieguen, al mismo patrón, y el Judicial ha de sancionar sus decisiones o ser acusado de injerencia política.

Don Enrique: ¿a dónde fueron a parar los sueños? ¿Adónde aquellas utopías que nos mostraban el camino porque sabíamos que eran planteamientos imposibles en el momento de su formulación, pero realizables quizás algún día? Tal vez fueron enterradas con su generación, profesor, porque de aquellas pretensiones apenas queda una protesta marginal que a poco o nada conduce.

La indignación se acrecienta cuando se comprueba cuán pocos son quienes se alzan en rebeldía o siquiera añoran un punto de referencia intelectual para intentar reconducir el orden de las cosas. De aquellos que nos ilustraban, Lang, Bobbio, Senghor o usted mismo, quedan pocos y se les ignora. Los intelectuales fueron sustituidos por algunos políticos con una cierta concepción del Estado, pero también fueron reemplazados y ya no quedó nada. Se mire hacia donde se mire, profesor, hace mucho frío.

Recordarle en un día como hoy es un privilegio; un pequeño lujo que todavía podemos disfrutar. Leer sus Obras Completas, de las que ya se han publicado cinco tomos, un aprendizaje impagable. Y pensar que España fue un país en el que tuvieron cabida maestros como usted, una llamada a la nostalgia. Hoy se acuña el pensamiento barojiano de que «la mitad de los problemas de España se resolverían si todos nos estuviéramos tres meses callados», y amparándose en la exageración (usted me enseñó que toda exageración encierra un gran vacío), se pretende que no sean sólo tres meses de silencio, sino siempre.

Hay ocasiones en las que el tiempo se esfuerza en lavar las ausencias, profesor, pero el desconsuelo también proviene de que vivimos días llenos de aristas. Por eso, hoy, añoro sus enseñanzas, su compañía, su concepción del mundo y, junto a todo ello, el futuro que creímos estar construyendo.

Nos equivocamos, don Enrique. Tal vez algún día cambien las cosas y podamos celebrar el renacimiento de un mundo de ideas nobles. Hasta entonces yo seguiré de pie, oponiéndome y resistiendo, mientras pueda, como lo haría usted. Aunque dicen que es una batalla perdida, y puede que tengan razón; pero es preciso seguir. Por eso, 25 años después de su muerte, le reitero mi deseo de perseverar en su magisterio, despidiéndome con el lema que todos coreamos en su multitudinario adiós: <Hasta siempre, profesor».

 

LA ESCOPETA NACIONAL (1977)

“La escopeta nacional” suele ser considerada una de las tres grandes películas de Berlanga, junto a “El verdugo” y “Bienvenido, mister Marshall”. Aun así, en mi opinión, todo el cine berlanguiano es una obra global extremadamente válida, desde los puntos de vista sociológico, político y costumbrista, y que en su totalidad conforma un retrato inmejorable de la España de la segunda mitad del siglo XX.
Con “La escopeta…” Berlanga continuó su discurso habitual de defensa del individuo frente al grupo, la sociedad y el poder. Encuadró la película en un marco político explícito, esto es, en el contexto de un momento determinado: el tiempo en que se manifestó de forma más encarnizada la lucha por el poder entre el Opus Dei y la Falange, entre los tecnócratas y los falangistas, en los últimos años del franquismo.
La película se planteó como una ilustración cinematográfica al estilo de las obras teatrales más populares, algo así como una astracanada, para así, en el meollo de esa ilustración, y como hilo conductor, mostrar la corrupción del poder: la corrupción absoluta en el seno de un poder absoluto. Una película que no hubiera podido hacerse durante la vida de Franco pero que, curiosamente, contó con la ayuda de Francis Franco, el nieto del general, que le prestó a Berlanga una finca de la familia donde rodarla y le asesoró en aspectos relacionados con la caza, su vestuario y sus entresijos.
En síntesis, “La escopeta nacional” narra las peripecias de un industrial catalán fabricante de porteros automáticos para inmuebles (José Sazatornil, Saza) que paga de su bolsillo una cacería en una finca cercana a Madrid para conseguir de sus invitados (que son ministros y altos cargos políticos) que se apruebe una norma legal según la cual todas las casas que se construyan en lo sucesivo tengan que llevar el portero automático que sólo él fabrica. La cacería se desarrolla en la finca de un marqués (Luis Escobar), que vive con su hijo (José Luis López Vázquez), su mujer tuerta (Amparo Soler Leal) y un criado (Luis Ciges). El industrial es repetidamente humillado, despreciado y tomado a broma, pero él no se desanima y va de alto cargo en alto cargo hasta conseguir su objetivo. Y cuando finalmente lo consigue, un cambio repentino de ministros en el Gobierno le obliga a volverse por donde había venido sin poder conseguir lo que quería y además desesperado porque la cacería le ha costado una fortuna.
Según Berlanga, la idea de “La escopeta nacional” le surgió cuando se enteró de que, en una cacería, Fraga le había disparado por equivocación una perdigonada en el culo a la hija de Franco. Berlanga, que nunca fue a una cacería –salvo de niño, cuando acompañó alguna vez a su padre-, jamás disparó un tiro porque aseguraba que le daba miedo. Sin embargo la idea le gustó mucho y propuso a Alfredo Matas su producción, quien lo aceptó inmediatamente. Entonces se puso manos a la obra con Rafael Azcona, su mejor guionista, y en muy poco tiempo puso en pie esta película cuyo guión, rodaje y producción se hicieron rápidamente, con las escasas y necesarias pausas para resolver los problemas de localización que se presentaron.
Esta película es la obra de Luis en la que se puede ver con mayor claridad el llamado “arco berlanguiano”: una historia en la que el personaje principal sale de una situación mala, recorre la película mejorando su situación hasta que parece que va a conseguir su objetivo y al final, por los reveses inevitables de la vida, termina en una situación igual o peor a la inicial. Un “arco” que se puede contemplar en toda la obra berlanguiana y que, junto a ciertas características de su cine (como el plano-secuencia y su naturaleza coral), fue siempre pilar esencial de su modo de hacer cinematográfico.
Un cine, el de Berlanga, de permanente crítica y “miserabilización” de los grandes valores de los que se ha presumido tanto en España. Un cine de perdedores, también, tratados con esa ironía y sarcasmo con los que Berlanga supo dotar a su cine para que se viera con una sonrisa en los labios y un tanto de amargura en el corazón. 
“La escopeta nacional” se estrenó en septiembre de 1978 y fue un éxito tan rotundo de taquilla que se mantuvo en distribución durante más de doce años; y aún se puede ver con frecuencia en los diferentes canales de televisión. Y que todo coleccionista quiere tener en su videoteca privada para deleitarse con ella de vez en cuando. EL MUNDO. 7 de septiembre, 2008.

 

DE BANDERAS Y LENGUAS

Los signos y símbolos de identidad de un país son muchos y, en ocasiones, estrafalarios. Los habituales son la bandera, el himno nacional, la moneda (en otro tiempo más que ahora) y quizá alguna otra singularidad, como les sucede a los australianos con su canguro. Pero también ha  llegado a suceder que un deportista, un músico o un actor se han convertido en enseña de su país. Por eso, en cuestión de distintivos nacionales puede discutirse hasta la saciedad, a menos que nos atengamos a los principios pactados en las convenciones internacionales y respetemos los fundamentos del derecho público, que además no son inmutables.
También la lengua puede ser una seña de identidad de un país. O las lenguas, en el caso de disponer de varias. En realidad, todos los países del mundo disponen de diferentes modos de hablar, peculiaridades idiomáticas, sistemas de acentuación y vocablos procedentes de localismos. Hasta Extremadura tiene el suyo, el castuó, que Gabriel y Galán utilizó para contar las costumbres, pesares y maneras de sentir de la gente humilde. (“Estamos perdíos/ no hay que dali güeltas,/ que ya estoy mu jarto/ de jechal la cuenta,/ y cá ves que güelvo/ se me poni dolol de cabeza.”). Pero, en mi opinión, esas formas verbales, voces y vocablos han de ser algo más que un modo de hablar para ser considerado idioma, porque necesitan de una gramática y de una ortografía única.
España dispone, oficialmente, de cuatro lenguas oficiales. Otras, como el castuó, el bable u otras, no tienen la condición de oficialidad. También en el mundo hay miles de lenguas y decenas de ellas desaparecen cada año, un hecho que preocupa a la UNESCO, con razón, porque cada muerte es una mutilación, ya sea de una lengua, de una especie animal, de una construcción milenaria o de un paraje natural.
En estos días se están produciendo adhesiones y críticas a un manifiesto de apoyo a la lengua castellana que, desde el punto de vista de su redacción, tiene muy poco de criticable. Tal vez sea cierto que no es el momento más oportuno para ese debate, considerando la existencia de otros problemas en la sociedad española, pero incluso esa crítica carece de pilar donde sostenerse porque la oportunidad de una acción, en democracia, la deciden los ciudadanos, y el manifiesto es un acto ciudadano al margen de cualquier otra consideración política.
Las respuestas al documento, que hablan de aconstitucionalidad pero no de anticonstitucionalidad, provienen casi exclusivamente de Cataluña en defensa del catalán, que es, por otra parte, la lengua que menos preocupa a lo que entiendo que es la intención del manifiesto. Que la Generalitat ponga una multa a un comerciante por no rotular en catalán su escaparate es una anécdota que, con el tiempo, se curará sola por pura estupidez. Que los niños catalanes no aprendan castellano en su escuela queda sobradamente subsanado porque, a la postre, ven la televisión y el cine en español, juegan así en los videojuegos y en ese idioma trabajan en internet, y aunque luego cometan enormes faltas de ortografía a la hora de escribir, tampoco es que los niños de Toledo o de Burgos sean un ejemplo en gramática, ortografía y sintaxis castellana. El verdadero problema, a mi juicio, pueden tenerlo los niños vascos con las imposiciones de sus instituciones cuando quieran salir al exterior sin conocer bien otros idiomas y vean sus posibilidades reducidas a casi nada en un mundo que cada vez se verá más restringido al conocimiento del inglés, el chino y el español.
Mi padre se crió en Bilbao. Y lamento profundamente no ser bilingüe. Es más: ojalá en los tiempos de mi formación hubiese tenido la suerte de aprender dos idiomas en casa y otros dos en la escuela. Hoy mi hija habla cuatro idiomas, porque sus padres conocíamos el enriquecimiento cultural que las lenguas suponen para la formación integral de la persona. No seré yo quien, por esa parte, busque la persecución ni aniquilación de idioma alguno; todo lo contrario. Pero cosa bien distinta es que un ciudadano español no pueda ejercer su profesión en Rentaría o en Granollers si no añade a su formación el aprendizaje de una lengua específica del lugar en España en donde ha encontrado un trabajo. Si un día el País Vasco o Cataluña fueran estados independientes, no habría razones de queja, como ningún español puede protestar por tener que hablar francés para ejercer su oficio público en París. Entre tanto, la exigencia, por muy estatutaria que sea, me parece discriminatoria e injusta.
El mundo se universaliza y el imperialismo del inglés daña los idiomas nacionales de un modo tan arrollador que no admite resistencia. Muchas voces anglosajonas (barbarismos) se incorporan en todas las nuevas ediciones al diccionario de la RAE, han de admitirse. Pero el castellano también goza de una espléndida salud en el mundo, extendiéndose cada vez más, de modo que uno puede entenderse en ciudades como Nueva York en español. Esa expansión también enriquece el castellano con voces locales que provienen de Latinoamérica. No hay, por tanto, que sufrir por nuestra lengua. Lo único que cabe advertir, en mi opinión, es que sea precisamente dentro de nuestras fronteras nacionales donde más se minusvalore desde los puntos de vista educativo y social un patrimonio de todos, como también lo es, sin duda, el catalán, el vasco y el gallego (incluso los dialectos y formas propias locales de acentuación).
A nadie debería molestarle que todos los españoles crecieran en el bilingüismo o con tres o cuatro idiomas aprendidos desde la infancia. Cuantos más, mejor. Como tampoco debería sentirse nadie ofendido por escuchar que, el día de mañana, para viajar por el mundo, manejarse en internet, establecer relaciones internacionales y comerciar con el exterior será imprescindible saber uno de los tres idiomas en los que se encontrará siempre interlocutor. Y ninguno de ellos será el catalán.
Una cosa más: no creo que el uso del término español para definir nuestra lengua deba herir la sensibilidad de nadie. Creo que hay muchas razones para empezar a llamar a nuestro idioma como español en lugar de castellano, aunque la RAE los considere sinónimos. Esta segunda denominación sólo tiene sentido como elemento diferenciador con otras lenguas del Estado, pero parece ignorarse que el español es la lengua de España y Latinoamérica, y no sólo de Castilla. Piénsese que la primera gramática del castellano se debe a Antonio de Nebrija (un sevillano) y que se trata de una lengua romance con influencias vascas, germánicas y árabes (y en su desarrollo también de distintas lenguas indígenas americanas), aunque su origen se encuentre en las confluencias de Cantabria, Álava, Burgos y La Rioja. En definitiva, que decir “español” no es terminología fascista, como no lo es respetar la bandera constitucional ni ser del Real Madrid. Opino que ha llegado el momento de romper con clichés que tuvieron una honda fuerza simbólica cuando iniciamos la transición pero que en el siglo XXI huelen a nostalgia de una ruptura democrática que entre todos decidimos no llevar a cabo hace treinta años.
   Entre las críticas recibidas por este manifiesto o declaración ciudadana hay una especialmente molesta, desde mi punto de vista. Y ni siquiera fue una crítica: fue el comentario expresado por el presidente del Gobierno cuando dejó caer en un acto público, con un desdén cercano al desprecio, que esperaba que no se hiciera con el castellano lo que se había hecho con la bandera española. Cuando le oí decirlo me produjo la sensación de que lo que en realidad quería decir es que hubo un momento en que el Gobierno permitió (por omisión) la instrumentalización de un símbolo nacional, la bandera, y que ahora no quería más de lo mismo aunque sabía que su Gobierno estaba repitiendo el error.
Es obvio que la adhesión al manifiesto no incluye autorización alguna para que se use el idioma castellano desde el partidismo; ni como arma arrojadiza contra el legítimo Gobierno español que yo apoyo, como vengo haciéndolo con el socialismo español desde hace más del treinta años. Por eso la respuesta de “los míos” me parece tan exagerada como desafortunada. Y, además, nadie ha podido probar, hasta ahora, que esa iniciativa ciudadana sea injusta o malintencionada porque, sinceramente, creo que no lo es. Coincido con Fernando Savater al decir que “El manifiesto no pide inmersión en castellano de los que tienen otras lenguas maternas, sino que no se imponga otra lengua a los que prefieren el castellano”.
No me parece una declaración a desoír. (EL MUNDO, 6 de agosto, 2008)
                      

 

EL FUTURO QUE YA ESTÁ AQUÍ

Estamos preocupados por el enigma del futuro sin darnos cuenta de que ya vivimos en él. Nunca hubo un presente más elocuente de cómo va a diseñarse el porvenir. Y aunque la realidad y el amor comparten ceguera, hay que aunar ceguera, sordera y falta de sensibilidad para no comprender que el mundo ya se ha desnudado de intenciones y nos está describiendo la vida que nos espera en las próximas décadas. No hacen falta bolas de cristal ni leer los posos del café: el futuro ya ha empezado y nos lo está gritando. Maldita sordera.
Puede que los políticos del mundo carezcan de tiempo para reflexionar, atenazados por la dinámica de las obligaciones cotidianas. Puede, también, que entregados a ganar unas elecciones inminentes, no consideren preciso diseñar respuestas a largo plazo, cuando quizá no sean ellos quienes gobiernen. Puede, en fin, que la cotidianidad vertiginosa, donde todo es efímero y las noticias mueren mientras se producen, el mañana carezca de relevancia para ser tomado en serio. Pero ignorar que el modelo de sociedad actual agoniza y es algo que pertenece ya al pasado, conduce a un puerto abandonado hace mucho tiempo, en donde no queda nada ni nadie. El mundo naufraga hacia la isla de Robinson, con la particularidad de que allí ya no vive ni el propio Crusoe.
El modelo económico occidental, y el que están calcando los países emergentes (China, India, Rusia…) está fundamentado en el logro de un bienestar básico que la ciudadanía considera suficiente y por lo tanto da votos y confianza. Lo que no se dice es que el modelo es insostenible y que hay tres mil millones de ciudadanos en otras partes del mundo a la espera de rapiñar parte del material sobrante de nuestro consumo, con lo que desaparecerán las reservas de alimentos, materias primas y agua con las que el planeta soporta hoy el peso de su desarrollo. La crisis económica, infinitamente más seria que la de los años 92-93, viene acompañada de una dramática falta de liquidez en los bancos, de una crisis de confianza entre ellos (que no se prestan dinero bajo ningún concepto) y de un estallido de la burbuja inmobiliaria allí donde más se hinchó: España, Irlanda e Inglaterra. Si a ello se añade la fragilidad de la economía de EEUU, el endeudamiento familiar porque las rentas no pueden sufragar las alegrías de las compras inmobiliarias de hace dos o tres años y el desarrollo natural de la economía china, con miles de nuevos millonarios mensuales, el futuro nos está explicando a voces que este modelo ya no sirve. Aunque no lo queramos oír.
Por otra parte, tampoco los valores éticos se enraízan en la mentalidad de la ciudadanía. Valores como la defensa de la honestidad, el éxito como producto del esfuerzo, la decencia en los comportamientos públicos y la educación en los privados y la dignidad de ser solidarios con el prójimo, son principios a respetar. O mejor dicho: se presume de respetar una tabla de valores jerarquizada cuando en realidad no son respetados por casi nadie. Todos los valores han caído en desuso, desde la esencia de los núcleos básicos de la convivencia hasta la autoridad educativa, el respeto a los derechos individuales y la limpieza en la gestión de los dineros de todos. En España, por poner un ejemplo, se transfirió a Comunidades y Ayuntamientos la gestión del suelo y la corrupción ha alcanzado tales límites que las plusvalías obtenidas por recalificaciones y construcción de viviendas en vez de repercutir en el bienestar vecinal han ido a parar a los bolsillos de especuladores y gestores públicos, en su mayor parte. ¿Para cuándo una marcha atrás gubernamental en esa clase de transferencias para que una comisión nacional autorice, recaude y reparta esos beneficios urbanísticos? Con la crisis actual, las regiones estarían encantadas, probablemente. Y si no lo estuvieran (porque crean que el ladrillo es el único modo de recaudar) daría igual. Porque es urgente la valentía de poner fin a esa vergüenza.
Si el modelo occidental está agotándose y los valores éticos han caído en las garras de la hipocresía, los administradores del mundo, que lo saben, han encontrado una nueva vía para impedir la sustitución del sistema. Y esa vía no es otra que el miedo como elemento estrangulador de la libertad del ser humano. El miedo fue el hallazgo fundamental de las religiones para dominar reinos, reyes y súbditos. El infierno, cualquier infierno, era la respuesta a la desobediencia; y el temor de Dios, la coartada.
Pero las religiones (que no la espiritualidad) dejaron de protagonizar los mecanismos del poder. Y el poder ha encontrado su nuevo dios en el miedo, administrado de otro modo. Ahora vemos en la televisión anuncios que, empapándolo todo cual lluvia fina, amenazan con muertes, enfermedades y tragedias humanas si no se consumen productos diseñados para salvarnos de todo: desde el estreñimiento al colesterol, desde las varices a los resfriados. Salir a la calle se ha convertido en una amenaza: la inseguridad espera detrás de cada esquina para robarnos, herirnos, asesinarnos y violarnos. Y en casa, la cosa no es mejor: cualquier hombre es muy capaz de descuartizar a su mujer por celos, rencor o desamor. Además, un cigarrillo produce cáncer mortal de pulmón; superar una cierta velocidad provoca la muerte en carretera; una hamburguesa doble es una oposición al suicidio… Y se puede subir a un avión con la única condición de aceptar que uno es un potencial terrorista y, así, permitir ser cacheado, registrado, desnudado y humillado. Lo dijo Sófocles: para quien tiene miedo, todo son ruidos. Y es que el miedo es el padre de la crueldad.
La válvula de escape para en nuevo hombre del siglo XXI es la nueva tecnología. Desde el ordenador se puede ver el mundo, hablar con el mundo, escuchar al mundo. Pero a ser posible desde una de esas “habitaciones del pánico” que se construyen en el interior de las casas para encerrarse con agua, comida y comunicación telefónica para permanecer encerrado, aislado y protegido del miedo exterior hasta que las fuerzas de seguridad acudan en nuestro auxilio. Dios ha muerto, escribió Nietzche; se le olvidó decir que el nuevo mesías iba a ser Bill Gates y con él podríamos de nuevo salir a la vida a través de una pantalla de ordenador.
Agotamiento del sistema, falta de valores, imperio del miedo… ¿A qué se espera para iniciar un proceso de rectificación que haga sostenible al planeta, que nos devuelva los valores éticos y nos libere del miedo ambiental que nos asfixia? Seguramente hacen falta pensadores, filósofos, humanistas y creadores que diseñen un nuevo modelo de sociedad. Lo que sucede es que, mirando alrededor, no es fácil encontrar quienes tengan el tiempo y la capacidad suficientes para trabajar en ello, buscar respuestas o, al menos, plantear las preguntas adecuadas. Porque ya no bastan las propuestas marxistas, ni tampoco las ideas cabales que en su momento expusieron Brandt, Lang, Bobbio, Althusser, Tierno, Sartre, Sengor, Saphiro, Chomsky o Savater. Ahora es el Instituto de Investigaciones Sociológicas y Tecnológicas de Massachussets el nuevo rey Midas, con permiso de Microsoft. Y no es bastante; ni útil: es necesaria la aparición de nuevas ideas, de nuevos pensadores que, trabajadores y esforzados como José Antonio Marina, Elías Días, Emilio Lledó y algunos más nos faciliten un punto de referencia intelectual para seguir un camino que tiene que ser nuevo, ingenioso, posible y fácil.
El mundo necesita renovarse y el género humano precisa salir de una espiral absurda que llena las salas de espera de psiquiatras y sicoanalistas y que nos dice que uno de cada tres ciudadanos norteamericanos recibe asistencia sicológica (aunque lo necesitan dos de cada tres). Ese modelo de sociedad es el que se copia en todo el mundo. Como para pensárselo.
    El futuro ya está aquí. Las tecnologías avanzan a gran velocidad y los adelantos científicos y médicos anuncian un porvenir presidido por la longevidad. Pero nada dice ese futuro de la felicidad humana, ni de la salud mental, ni de la serenidad, ni de la convivencia sana entre seres que nacieron para ser gregarios y que cada vez están más solos encerrados en la penumbra de su madriguera, sin encontrar a quien amar ni quien les ame. Cuando el mejor amigo del ser humano es el empleado de la sucursal bancaria y sus sueños no son paisajes de palmeras sino papeles con sumas y restas para llegar a fin de mes, es que algo no funciona en lo personal. Y los seres humanos no somos otra cosa que una suma de personas en busca de un hogar compartido donde cobijarnos de la intemperie del mundo.
El reto del futuro no empieza mañana, se diga lo que se diga. Empezó ayer. (EL MUNDO. 17 de mayo, 2008)

 

LA SOLEDAD DE LA CUMBRE

Estar solo es un privilegio, siempre que tengas cerca alguien a quien contárselo. Porque sufrir la soledad, cualquier clase de soledad, es algo que a los seres humanos nos resulta demasiado doloroso. Dejando al margen concepciones antropológicas y sociológicas que afirman, naturalmente, que el ser humano es gregario y por lo tanto necesita convivir con los demás, la realidad psicológica es que no sabemos estar solos. Y no será porque la naturaleza no haga múltiples esfuerzos para que lo aprendamos.
Nacemos solos y morimos solos, es verdad; pero, entre medias, la vida es un viaje tan difícil que para soportarla es preferible cruzarla entre dos. Algo así dejó escrito Erich Fromm. ¿Y no es digna de compartir la sentencia de Paul Valéry cuando afirmaba que “un hombre solo está siempre en mala compañía”? Sin embargo la naturaleza nos intenta adiestrar desde el principio para que consideremos la soledad un regalo con el que enriquecernos y engrandecernos: empeño vano en que se esfuerza la vida.
Porque, en general, las personas viven el mundo actual desde una sensación de soledad que tiende a acrecentarse. Es paradójico observar cómo en un mundo globalizado, en el que se acortan las distancias y es posible comunicarse con los más modernos y sofisticados sistemas tecnológicos, lo cierto es que estamos en permanente contacto con los demás pero desde la soledad de nuestra madriguera. Las pantallas (sean de televisión o de ordenador) se están volviendo nuestros amigos más cercanos. En ellas es posible verlo todo y leerlo todo, pero si volvemos la cabeza un instante comprobamos que a nuestro alrededor sólo hay paredes, ventanas y ornamentos (fotografías, póster, recuerdos…) que hemos instalado para creernos que no estamos solos. ¿En dónde está la gente? Hoy, todavía, si nos fijamos, está ahí afuera; dentro de poco, todo el mundo estará entre sus propias paredes creyendo estar comunicándose con un millón de amigos.
Y la soledad es peligrosa, decía Maupassant: cuando estamos solos mucho tiempo poblamos nuestro espíritu de fantasmas. ¿Qué espectros se nos harán visibles en un mundo encerrado en un ordenador al que podemos entrar pero no acariciar, abrazar y transmitir nuestro calor? ¿Estamos abocados a un porvenir que va a cambiar al ser humano, como lo hará el cambio climático, y al que nos adaptaremos por la inmensa capacidad de adaptación de los hombres, pero que no es el que nos gustaría? Vivimos como soñamos: solos. Bien está, puede que sea así; pero no parece ningún ideal a compartir.
Seguro que tampoco les parece bien a quienes, por una u otra razón, han alcanzado la cumbre. Porque lo verdaderamente espantoso es que la cima es el lugar más solitario del mundo, incluso más que una orgía (como ironizaba Bukowski). La gente tiende a creer que los triunfadores, la gente célebre, los que han llegado a lo más alto de la consideración social son personas tan solicitadas, ocupadas y rodeadas de amigos que no necesitan nada más, y por eso se abstienen en muchas ocasiones de encontrarse con ellos. La gente tiene tan buena voluntad que se olvida de acercarse a los famosos porque creen que les van a molestar y que, a fin de cuentas, no deben, en su pequeñez, interrumpir a quienes no dan abasto a atender citas, visitas, compromisos y afectos. Y así resulta que la cima no sólo termina por convertirse en un espacio solitario; también en un lugar en el que todo está demasiado frío.
Al poderoso se le acercan por interés; al rico, por su dinero; al célebre, para aprovecharse de su celebridad. Y, al final, ni siquiera por nada de ello: al final nadie está próximo. Deja de sonar el teléfono; dejan de recibirse cartas; dejan de llegar visitas o citas amables. Aseguraba Schopenhauer que la soledad es el patrimonio de todas las almas extraordinarias, pero se olvidaba de que la soledad tiene una esposa, la tristeza, y una amante: la debilidad. No hay que hacer grandes ejercicios de imaginación para llegar a comprender, por ejemplo, lo solo que se debe de sentir Rajoy estos días; y lo inexplicablemente solos que debieron de sentirse en su momento, hasta que se acostumbraron a una nueva vida, líderes como Suárez, Calvo Sotelo, Felipe González y Aznar. Incluso cabe imaginar la soledad de las noches de todos ellos, también las de Zapatero, cuando habitaron o habitan la extrañeza de la casa palaciega gubernamental y esas estancias que tan ajenas deben de resultar.
Pero no se trata sólo de ellos, de los políticos: al fin y al cabo, todo lo que les suceda parece que entra en el sueldo de la nómina y en el salario de la legítima ambición política. Lo llamativo es que les pasa con mucha más frecuencia e intensidad a quienes, de manera efímera por razones de oportunidad o de modo permanente a causa de su éxito profesional, han alcanzado la cumbre en su trabajo y después se sienten abandonados. Un escritor famoso, que cada vez que publica una nueva novela vende muchos miles de ejemplares y le rodea la gente, se pasa el resto del año sin apenas llamadas ni calor humano, cobijado a la sombra de unos pocos amigos que acuden a su casa para acompañarlo. Y lo mismo les pasa a otros muchos nombres célebres que conocemos todos. O como en el caso de un director de cine que ha hecho historia en España y al que todos reconocen como el mejor entre los mejores, que lleva casi dos años en su casa sin que nadie parezca recordar su existencia para telefonear, escribir o acercarse a acompañarlo y devolverle parte de lo que su esmero, esfuerzo y entretenimiento nos proporcionó durante cuatro décadas. Son ejemplos, dos ejemplos, pero los hay a miles, sobre todo entre creadores, intelectuales, artistas y profesionales de la cultura. A los que ayer fueron asediados, las fauces afiladas del olvido los ha devorado. Vivimos tan deprisa, tan ávidos de perseguir el tiempo que vuela al socaire de la novedad (sea buena o banal), que no hemos aprendido a valorar lo que merece ser valorado ni a agradecer lo que merece ser agradecido.
Ni por un momento nos detenemos a pensar que la vejez y la soledad forman un cóctel tan amargo como una noticia de muerte. Como tampoco admitimos que, se piense lo que se piense, nadie quiere estar solo, nadie. Nietzsche explicaba que nadie aprende, nadie aspira, nadie enseña a soportar la soledad. Y quienes una vez fueron reconocidos, tampoco. Quizá menos que nadie porque el recuerdo del afecto se vuelve ponzoña en la soledad de la noche, cuando ni siquiera quedan fuerzas para mirar un álbum o buscar en el sueño lo que la vida ya ha decidido negar.
A veces la televisión busca a quien fue célebre un año o una década para preguntar qué fue de él: convierte la soledad en espectáculo; el olvido en audiencia. Otras veces se ha estudiado qué ha sucedido con esos actores jóvenes de series multimillonarias en audiencia que se acostumbraron al éxito y poco después cayeron en el olvido; o con unos escritores jóvenes triunfadores con una sola novela que después no pudieron continuar una carrera porque el éxito fue fruto de la casualidad o del mercado. Entre esa gente prematuramente desaparecida encontramos dramas de droga, enfermedad y depresión. También de suicidio. La sociedad necesita carne fresca a diario, carne nueva, y todo lo tritura. Por eso empuja al abismo de la soledad cuando alguien llega a la cima. El vértice de la pirámide es demasiado pequeño y hay que hacer sitio para el siguiente.
A lo largo de mi vida he tenido la fortuna de entregar mi cariño y de encontrar el afecto de muchos seres extraordinarios que forman parte de la pequeña o gran historia reciente de la inteligencia y de la cultura española. Ahora me vienen a la cabeza nombres como Enrique Tierno Galván, Antonio de Senillosa, Francisco Umbral, José Luis Coll, Pedro Laín Entralgo, Julio Caro Baroja, Fernando Fernán-Gómez, Carmiña Marín Gaite, Manuel Sánchez Ayuso…, ya desaparecidos, y naturalmente los de Luis García Berlanga, José Luis Sampedro, Elías Díaz, Alberto Schommer, Antonio Gala o Paca Sauquillo, con quienes me cabe aún el placer de seguir aprendiendo. Y lo sorprendente en casi todos los casos, con escasas excepciones, es que casi todos ellos alcanzaron la cumbre y en ella encontraron soledad en lugar del calor que en esos momentos necesitaban como el que más. Porque puede que la soledad sea un privilegio, como decía al principio, o que odiar la soledad sea la consecuencia de una manera de ser egoísta, pero al final suscribo con entusiasmo esa reflexión de Ibsen que decía que “para dos, no hay pendiente demasiado empinada”.
Estamos a tiempo de rectificar. Volvamos a la calle, a la gente, a sentir el calor ajeno. Yo lo necesito cada vez más.
(EL MUNDO. 12 de abril, 2008)

 

EL CENTRO DEL LABERINTO

Decía Séneca, el filósofo, que la discusión es un laberinto en el que la verdad siempre se pierde. No parece descabellado, en estos tiempos tan controvertidos, echar una mirada a los clásicos y buscar respuestas en su sabiduría; o al menos recordar sentencias que ayuden a recuperar un poco el sosiego que tendemos a dejar de lado cuando, precisamente, más deberíamos servirnos de él.
Si miráramos alrededor con serenidad, como desde una balconada que se asoma al mundo, no tardaríamos en darnos cuenta de que hemos construido un modelo de sociedad en el que la disputa parece haberse convertido en un pilar esencial de la convivencia. La controversia, la discordia y la confrontación han enraizado de tal modo en nosotros y en nuestra manera de vivir que se antoja inútil el día que se cierra sin haber alzado la voz, convencidos de que, al discutir, defendemos tanto una idea como nuestra propia estima.
Cabe discrepar de todo: desde lo más nimio a lo más trascendental. Y da igual que se trate de política, de religión, de la carrera espacial, de las decisiones judiciales, de fútbol o del precio de las cosas. Y pudiendo discutir, creemos llegado el momento de no evitarlo. Resulta curioso, incluso, observar que la gran disputa de hoy mismo en Estados Unidos no sea entre demócratas y republicanos sino entre Obama y Hillary, candidatos ambos del mismo partido. Alfred de Musset, que decía que la discusión es una tierra estéril que todo lo mata, se asombraría conociendo esta sociedad.
En nuestro modelo de convivencia, la discrepancia es casi una obligación. Es como si lo contrario fuera conformarse, resignarse. Sin controversia no hay progreso, naturalmente; y sin debate no hay enriquecimiento de ideas. Discutir es saludable y confrontar opiniones es, además de divertido, necesario. Pero todo lo anterior pierde su validez cuando no se sabe, de antemano, que las discusiones no están para ganarlas o perderlas, sino que son un fin en sí mismas. Todo lo que de enriquecedor tiene el debate, lo tiene de frustrante la imposibilidad de convencer al adversario, porque quienes discuten no sólo carecen ambos de la verdad absoluta sino que, además, lo que han puesto en juego no es una tesis, que diría Paul Valery, sino la propia infalibilidad y el orgullo. Si el error estuviera en una sola de las partes, no habría discusión que durara mucho.
Siempre han existido disputas y querellas. Desde los sabios griegos hasta nuestros días ha habido controversias sobre todo y sólo el tiempo ha dado y quitado razones. En nombre de la verdad se ha muerto y se ha matado, se han elevado estatuas y se han quemado bibliotecas. En la política, en la religión, en la ciencia y en el arte la confrontación ha generado pequeñas traiciones y grandes guerras. La discordia ha causado más muertes que cualquier enfermedad. Y en nuestros días, tan aparentemente civilizados, cualquier debate se ensucia enseguida por la incontinencia de la pasión. Si nos asomáramos a esa balconada figurada, comprobaríamos que vivimos marcados por la violencia y que esa violencia es hija del vértigo, la prisa y el estrés. Corre prisa llegar antes a todo; y los debates no se abren para aportar ideas y defenderlas sino para que la propia idea se imponga, sea o no la mejor. Como si nuestra opinión fuera una hija y nuestro deber defender su dignidad sin importar que la tenga o la haya subastado mil veces. Vivir en la urgencia parece generar ansiedad y no obtener cuanto se desea significa sufrir una derrota y quedar en ridículo, sea justo o injusto lo demandado.
Otra peculiaridad de nuestros días es que, gracias a los medios de comunicación, todos disponemos de una enorme información. Baste saber que un niño de tres años tiene hoy más imágenes en su cabeza de las que tuvo en toda su vida Leonardo da Vinci o Galileo. El cine y la televisión le han mostrado tantas cosas que su cerebro ha archivado millones de imágenes inimaginables en otro tiempo (del fondo del mar, del espacio, de todo el planeta y de la vida cotidiana). Y esa especie de cultura derramada por los medios ha hecho que todos tengamos un barniz de conocimientos mínimos que lo mismo sirven para creer que se entiende de política internacional que de fusiones empresariales, de procedimientos legales o de dietas para adelgazar. En consecuencia, cualquiera puede debatir sobre todo, discutir de mil aspectos diversos y confrontar sus ideas sin el menor reparo ni pudor, sin darse cuenta de que, en palabras del poeta persa Din Saadi, “cuanto más discutas para probar tu sabiduría, antes mostrarás tu ignorancia”. Así no es extraño soportar la diatriba de un taxista acerca de una compleja decisión judicial, la radicalidad de un ama de casa de edad avanzada acerca de un árido asunto de derechos digitales o la apasionada aseveración de un carpintero ante un difícil aspecto hidrológico de trasvase de agua. Y lo mejor de todo es que, si los tres coincidieran en torno a una mesa, mostrarían idéntica energía en su rigidez con respecto a las tres polémicas y a cuantas más surgieran sobre cualquier otro asunto, ya fuera la contracepción, la eutanasia, los estatutos de autonomía, la literatura actual o los índices de precios al consumo. Y nadie podría tratar de introducir un poco de luz entre los fuegos artificiales de su contundencia porque al decirles que hay juristas, economistas, moralistas, críticos, catedráticos y muchos especialistas más tratando de ponerse de acuerdo para encontrar una respuesta próxima a la verdad responderían, tan campantes, que si no saben la respuesta es porque son unos ignorantes.
En nombre de convicciones así, tan huecas como inútiles, se han cometido grandes injusticias. Suele ponerse como ejemplo la condena de Jesucristo y la liberación de Barrabás como muestra del fin al que conduce la ignorancia no reconocida. Pero aquella turba que liberó a un criminal para ejecutar a un inocente no se diferencia mucho de las que hoy se amotinan en cualquier lugar del mundo y salen en los telediarios; tampoco de los colectivos avalados por una cierta cultura que movilizan y se movilizan en defensa de argumentos que para ellos son irreprochables, verdades absolutas; ni siquiera se distinguen de grupos parlamentarios que, en lugar de trabajar para quien les ha elegido y paga puntualmente sus sueldos prefieren jugar al juego de alcanzar el poder o conservarlo por falsas que sean sus diatribas y acomodaticios sus planteamientos. Puede que el mundo de hoy (es decir, el estrés, la prisa y la urgencia en defender intereses en lugar de ideas) nos haya confundido de tal modo que ignoremos el concepto de la discrepancia y creamos que el tumulto es un medio legítimo para defender una opinión.
Alguien dijo que en el mundo hay dos clases de personas: las que creen que hay dos clases de personas y las que no. Bromas aparte, lo cierto es que hay muchas clases de personas y, entre ellas, infinidad de opiniones diferentes. Y lo más importante es saber que todas y cada una de ellas tienen derecho a la discrepancia. Pero también convendría extender la idea de que no existe una sola realidad, sino que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia realidad, y que es muy difícil comprender al otro si no somos capaces de intentar ver desde su realidad y comprender, por un instante, la razón de su postura ideológica. Después se podrá debatir o aceptar su punto de vista, incluso discrepando, pero en esas circunstancias el debate y la discusión seguirá sin dar paso al tumulto. Mientras dos discuten no se dan cuenta de que pueden ser vencidos por un tercero.
Se viven días de mucho debate y discrepancia. Tiene que ser así. En realidad, muchos partidarios de la continuidad socialista discreparán de medidas recientes y muchos convencidos del cambio de gobierno no estarán de acuerdo con las propuestas de la derecha. Y aun así votarán por unos y otros. Lo esencial es comprender que el derecho a la discrepancia no otorga licencia para el enfrentamiento ni da patente para insultar. Una gran lección de estas elecciones sería que los dos candidatos de las fuerzas mayoritarias aceptasen el compromiso de que, sea cual sea la decisión ciudadana el 9 de marzo, en la próxima legislatura no se cambiará el debate por la crispación, por la confrontación sistemática y por el ruido ensordecedor de la negación permanente por el simple hecho de haber obtenido el mandato popular de ser oposición.
Porque si la discusión es un laberinto en el que la verdad siempre se pierde, la verdad, en política, es un puzzle al que siempre le faltan un buen puñado de piezas. Y casi siempre están escondidas por los bolsillos del oponente, que las ha escamoteado para que nunca le salgan las cosas del todo bien al gobernante.  (EL MUNDO, 23 febrero, 2008)

 

O DIOS O FRANKENSTEIN

No es nuevo decir que uno de las angustias más frecuentes de los individuos que habitan las sociedades de nuestro entorno es el miedo a envejecer. La prosperidad de las empresas dedicadas a la cirugía plástica (en España se realizaron medio millón de operaciones estéticas el pasado año) y los beneficios de la industria cosmética así lo atestiguan. Y es que los avances en la reparación de la carrocería humana han llegado a límites impensables hace tan sólo una década por lo que ya puede asegurarse que, con un poco de dinero y una buena elección del “reparador”, el aspecto exterior de los seres humanos puede mantenerse joven durante muchos años.
Ser joven es, sobre todo, un estado de ánimo. Y para conseguir esa anhelada prolongación de la juventud avanza desbocada una ciencia médica biogenética a la que se le pone demasiadas trabas. Ya se dice que, al menos teóricamente, el ser humano podría vivir ciento veinticinco años o más sin que las dificultades para alcanzar esa edad sean excesivas, pero lo verdaderamente importante no es disfrutar de un aspecto joven muchos años sino que el organismo, por dentro, no se desmorone de un modo inevitable. No en vano se puede observar que hay muchos más ancianos resignados que dichosos. El problema es cómo resolver el deterioro de la salud mental porque de lo contrario sería absurdo hacer realidad lo que en teoría es perfectamente factible.
También es verdad es que los gobiernos, en general, y los poderes económicos que manejan los hilos del mundo no se sienten entusiasmados con esa posible longevidad general. La razón es tan simple como comprensible: ningún Estado podría mantener un sistema de pensiones que cubriera a la totalidad de la población hasta edad tan provecta. Y ningún Gobierno se arriesgaría a permitir en su país una población que precisara del establecimiento masivo de alternativas de ocio, cultura, entretenimiento y trabajo específico. En definitiva: la razón para interponer trabas a ciertas investigaciones científicas e impedirlas en nombre de no se sabe qué criterios morales parece ser, como siempre, económica.
Ya se sabe que el proceso de envejecimiento del ser humano se caracteriza por cuatro elementos concretos: alteraciones en el metabolismo de la glucosa, disminución progresiva de testosterona, pérdida de masa ósea y ausencia de vitaminas antioxidantes, lo que se materializa en un quebranto de las facultades físicas. No parece que se trate de elementos tan graves como para que su corrección exija de demasiados esfuerzos. Lo que sucede es que ese proceso viene acompañado de algo más que la disminución de facultades físicas: se nutre de una progresiva disminución de las facultades psíquicas, de un decaimiento progresivo, una resignación aprendida de lo que se ve alrededor y una convicción cultural de que lo que toca es envejecer y luego morir. El aburrimiento ante el exceso de cromos repetidos, dirían algunos; por no decir que la verdad es que descubrimos desolados que soplamos con menos fuerza cuantas más son las velas que  adornan nuestra tarta de cumpleaños.
Aun así no nos resignamos sino que exigimos más años de vida saludable, porque lo creemos posible. Bastaría con extender la atención reparadora del aspecto exterior del ser humano (lo que es sencillo mediante prácticas de cirugía plástica, cremas y hábitos de vida) y profundizar en el estudio de la genética molecular y celular, en la experimentación con células-madre y en la investigación de los procesos de regeneración del organismo. Ello supondría una inversión estatal en I+D que no se desea o no es posible, una decisión firme de tomarse en serio el desarrollo investigador y una voluntad política hasta ahora inexistente.
Lo más sobresaliente de este proceso antienvejecimiento tan ansiado por la población es que, hasta donde es fácil deducir, en el mundo se ha impuesto una medicina para ricos y otra para pobres. Y para los muy ricos, para esas fortunas inconmensurables que cada vez disfrutan más individuos sin nombre ni rostro, se realizan prácticas de las que lo más prudente es no hablar. Porque, ¿cómo atreverse a denunciar el dramático tráfico de órganos humanos existente? ¿Cómo especular con la permanente desaparición de niños expuesta por la Unión Europea y Amnistía Internacional, ente otros, que afecta a tantos países, desde Mozambique a India, desde Brasil a Sudáfrica, y a otros muchos lugares a los que resulta imposible señalar porque nunca quedan rastros a seguir ni pruebas que aportar? ¿Y cómo averiguar qué sucede en realidad en la trastienda de algunas clínicas privadas de cirugía estética en algún que otro país? No es posible denunciar, insisto, porque se carece de pruebas, pero el debate está abierto y nos debería hacer pensar sobre algunas cosas que están sucediendo a nuestro alrededor.
La ciencia biogenética tiene un gran futuro pero, sobre todo, un futuro hoy por hoy impensable. Se anuncian bacterias capaces de generar energía, se amenaza con saltarse la prohibición de patentar nuevos fármacos biomoleculares (de efectos que no conocemos), se especula con logros tecnológicos inimaginables hoy… Se asusta a la población insinuando que, sin controlar a los científicos, alguno podría crear artificialmente genes que conformen un virus letal utilizado como arma terrorista (para la extensión de una epidemia, por ejemplo). Pero, ¿acaso ciertos gobiernos no cuentan ya con armas químicas y biológicas capaces de arrasar una ciudad o un país entero? La Ciencia no debería ser nunca sospechosa por investigar y crear: acabamos de ver que en Estados Unidos se ha logrado crear vida artificial fabricando la cadena de ADN de una bacteria y que en Valencia se ha conseguido impulsar una clonación celular para curar enfermedades. Es verdad que los científicos pueden ser Dios o Frankenstein; pueden crear, fabricar e investigar para el bien o para el mal, como siempre se ha hecho, pero el uso que se haga de los avances científicos no será responsabilidad del investigador sino del sistema político que lo utilice.
Por lo que ya sabemos, Fausto no sería hoy un soñador, ni el Holandés Errante un vagabundo de los siete mares, ni Prometeo un patológico ambicioso; tampoco soñarían los buscadores de Eldorado, los perseguidores de la eterna juventud o los médicos medievales de las soluciones alquímicas. Ni Dorian Grey necesitaría un pacto diabólico. El futuro ya está aquí y con su perseverancia y las sorpresas que cada día nos transmiten los medios de comunicación nos insinúa que Blade Runner es cada vez menos ciencia-ficción, que La Isla en mucho más real de lo que creíamos cuando la vimos en el cine, que las novelas que describen los deseos eternos del ser humano han dejado de ser mera ficción y que la longevidad extrema es una posibilidad real para quien pueda pagársela. Otra cosa es la nueva desigualdad social entre quienes tengan que acudir al precario ambulatorio de la esquina y quien pueda pagarse Houston, Navarra o el más sofisticado de los centros privados. Pero tampoco eso sería ninguna novedad en el mundo, para qué engañarnos.
Es natural el miedo a envejecer; y comprensible la aspiración a perpetuarse y sobrevivir en las mejores condiciones físicas y mentales. La juventud vive de sueños y la vejez de recuerdos, decía George Herbert acertadamente. Así pues, ¿quién no quisiera ser siempre joven? Pero una cosa es aceptar investigaciones y descubrimientos obtenidos a través de cordones umbilicales, placentas y material orgánico humano desechable y otra muy diferente ocultar actividades científicas y médicas ilegales y denigrantes, en el probable caso de que se estén realizando. Y no es preciso referirse a la moral al tratar de estos asuntos: la moral responde a un tiempo concreto y a una ideología determinada y la Ciencia no puede detenerse ante semejante estrechez coyuntural, como nunca lo hizo. En todo caso cabe referirse a la ética, a esos principios inmutables ante los que, con frecuencia, miramos hacia otro lado. Que la ciencia transgreda es inevitable e, hipocresías aparte, al final a nadie le parecería mal si el cáncer termina venciéndose o las enfermedades cardiovasculares se convierten en cosa del pasado, como la viruela.

Pero lo decente es vigilar porque si el precio a pagar es en vida de niños, en manipulación de enfermos terminales y en compra de órganos a los más pobres, sería repugnante. La indecencia nos acecha en el modelo de sociedad que hemos creado entre todos aunque, al fin y al cabo, el dinero sólo puede comprar lo que está en venta. Y algunas cosas no lo pueden estar. ¿Controlar a los científicos? No lo sé. Mejor sería pagarles más. Antonio Gómez Rufo. (EL MUNDO. 28 de enero de 2008.)

 

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ARTÍCULOS

en la Revista BULEVAR 21.

Mayo 2008

 

LA DOMA DE LA MUJER DE NUESTRO TIEMPO

España está empeñada en destruir a las mujeres, acomplejándolas con su físico y con su aspecto. Pasa en España y en otros países de Europa. O en los Estados Unidos. Porque sólo pensar que el año pasado se realizaron aquí medio millón de operaciones de cirugía estética, causa pavor. Por otra parte, a mí me tiene asombrado observar en la televisión que dos de cada tres anuncios publicitarios tienen que ver con cremas y potingues para combatir el paso del tiempo o con alimentos y productos para que la salud sea el nuevo dios al que adorar.
Están empeñados en destruir la autoestima de muchas mujeres y para ello no se juzga su capacidad intelectual, su valía personal o sus méritos sino que se apunta directamente sobre su aspecto físico, disparándolas al corazón de su seguridad. Creen que convirtiéndolas en inseguras las condenarán a la esclavitud. Y en buena medida lo consiguen, porque la esclavitud del consumo es otra manera de esclavizar, de dominar, de domar. Quieren mujeres domadas y sumisas, como siempre las quisieron; y ahora que la mujer empieza a encontrar su espacio y a tomar posesión de él, atacan por su flanco más débil: el aspecto físico.
Los hombres sabemos que hay cuatro tipos de mujeres: a) las que están estupendas; b) las que se creen que están estupendas; c) las que no se creen que están estupendas y lo están, y d) las que, definitivamente, no lo están. Pero ese criterio, exclusivamente estético, no debería ser un punto de partida para forjarse una opinión sobre ninguna de ellas. Y sin embargo lo es. Y, para colmo, muchas mujeres están atravesando un periodo de idiotez inducida que las lleva a trabajar fuera, trabajar en casa, cobrar menos que los hombres y muchas veces terminar de becarias o de secretarias de un gilipollas que es un macho salido que la contrata porque está buena. Hay que exigir desde ya la entrada en vigor de la Ley de Igualdad. Sobre todo en las empresas privadas. Ese sí que sería un movimiento reivindicativo y revolucionario en el que contarían con el apoyo de muchos hombres, y desde luego conmigo.

Comprendo que el aspecto físico es llamativo. Los hombres nos partimos el cuello para verlas pasar y así, sin saberlo, estamos haciendo el juego al sistema que las pretende domar. Pero una cosa es que nuestras neuronas produzcan eco en el cerebro, de lo pocas que son, y otra que ellas tomen en consideración esta minusvalía perceptiva para entregarse a la destrucción de que hablaba al principio. Igual que es penoso que algunas mujeres se operen hasta el carné sólo para mirar por encima del hombro a sus amigas. Creo que ha llegado el momento de dar una vuelta de tuerca más a la lucha feminista, pero no a la de muchas feministas de salón que, siendo útil al principio, al final sólo han desprestigiado y pervertido las verdaderas y naturales aspiraciones de las mujeres.

 

Abril, 2008

MENTIRAS, MUJERES Y SERIES DE TELEVISIÓN

Hombres y mujeres estamos descubriendo unos modelos de mujeres de mentira en las series de televisión. Y lo peor de todo es que hay muchas mujeres que empiezan a identificarse con ese tipo de personajes, sin detenerse a pensar que la televisión está mostrando a una mujer norteamericana que en nada tiene que ver con la europea, latina y española.
El modelo de sociedad norteamericano, por mucho que pretenda parecerse al europeo, es muy diferente. Sin entrar en valoraciones complicadas de analizar, baste decir que su raíz es la moral protestante, el puritanismo inconcebible en el sur de Europa y los principios éticos a la deriva. Ese modelo de mujer que vemos en “Mujeres desesperadas” o más recientemente en “Californication” representa una excepción, un ideal para las telespectadoras de EEUU, y las series disfrutan de éxito allí porque en el fondo todas quisieran ser como ellas. Pero lo sorprendente es que las españolas, infinitamente más inteligentes, sensatas y hábiles en el arte de seducir o en el oficio de resignarse, se enganchen y, a veces, se identifiquen con una u otra protagonista, sobre todo porque aquí todas saben lo que son e incluso lo que quisieran ser. No creo que necesiten modelos de fuera (mentiras de allí) para saber lo que quieren y conseguirlo.
La atrevida, la conservadora, la ejecutiva, la promiscua, la tímida… Bien, ¿y qué? No se trata solamente de series de TV. La única idea de USA es propagar su ideología, aparentando ingenuidad. Un imperialismo dulce que empieza con la coca-cola, continúa con las hamburguesas y termina convenciendo al mundo de que Halloween es una fiesta a celebrar. Y una vez convencidos todos de ello, no se atreven a obligarnos a celebrar el “4 de Julio” pero nos relatan su historia (desde los tiempos del western hasta sus guerras más recientes) para, a continuación, exportar un modelo de mujer en las series de TV que hacen propaganda de unos valores morales concretos: los que interesa exportar. En cien años, todos yankis, dicen.
En España también está de moda la imagen de una mujer liberada que prescinde del hombre y se burla de él, pero por fortuna para ellas y ellos es un sarampión que no va a durar. Hasta la publicidad camina en esa dirección: “Si no me ato a un tío, menos a un operador de móvil”. ¿Se imaginan un anuncio con un hombre diciendo lo mismo sobre una tía? El sarampión europeo busca contrarrestar el machismo arraigado hasta que se consiga eliminarlo con la igualdad real, y eso es muy de agradecer. Pero las series americanas no persiguen eso, sino poner en evidencia a la nueva mujer caricaturizándola, es decir, usándola de nuevo como una mercancía que, además, compran y consumen las mismas mujeres. Convendría pensar en ello un poco más.

 

Marzo, 2008

LAS MUJERES DE MÁS DE 40 SON LAS MEJORES

Un amigo me ha pasado un power-point con el que estoy totalmente de acuerdo. En él se dice que las mujeres que han cumplido los cuarenta años están muy bien porque “son bellas, serenas, comprensivas, sensatas y, sobre todo, endiabladamente seductoras, a pesar de sus incipientes patas de gallo o de esa celulitis que capitanea sus muslos pero que las hace tan humanas y tan reales. Tan hermosamente reales.
Casi todas están casadas o separadas, o divorciadas y vueltas a casar, o con parejas estables o no, con la idea de no equivocarse en el segundo intento, que a veces es un modo de acercarse al tercero, y al cuarto. Qué importa... Otras, unas pocas, mantienen una pertinaz soltería y la protegen como ciudad sitiada que, de cualquier modo, cada tanto abre sus puertas a algún visitante.
Nacidas bajo la era de Acuario, con el influjo de la música de Los Beatles y de Bob Dylan, son herederas de la "revolución sexual" de los 60 y de las corrientes feministas que, sin embargo, han pasado por varios filtros. Saben combinar libertad con coquetería, emancipación con pasión, reivindicación con seducción. Jamás ven en el hombre a un enemigo, a pesar de que le canten unas cuantas verdades, porque comprenden que emanciparse es pactar para vivir en pareja.
Son inteligentes, valientes, decididas y tienen estilo, aún cuando nos hagan sufrir cuando nos engañan o nos dejan. Hablan con pasión de política, de negocios, de arte, de sentimientos… Quisieron y quieren cambiar el mundo. Con ellas nunca te aburres.
Cada día las valoro más porque una mujer de más de 40 nunca te va a despertar en la mitad de la noche para preguntarte “¿Qué estás pensando?” No le interesa lo que estás pensando. Además, si una mujer de más de 40 no quiere mirar un partido de fútbol, no da vueltas alrededor tuyo. Se pone a hacer algo que ella quiere hacer y generalmente es algo mucho más interesante. Una mujer de más de 40 se conoce lo suficiente como para estar segura de sí misma, de lo que quiere, y con quién lo quiere. Tienen suficiente seguridad en sí mismas como para presentarte a sus amigas. Una mujer de más de 40 tiene cubierta su cuota de relaciones y compromisos. Lo último que quiere en su vida es otro amante posesivo. Es muy raro que entren en una competición a gritos o monten una escena. Están por encima de eso. No necesitas confesar tus pecados, ellas siempre lo saben. Pueden ser las amantes más ardientes y más tiernas al mismo tiempo, conocen cómo hacerlo. Y son honestas y directas. Te dicen que eres un imbécil, si lo piensan; pero siempre con la mejor de sus sonrisas.
Lamentablemente no es recíproco. Por cada mujer de más de 40 inteligente, bien vestida, sexy, ingeniosa y divertida, hay un hombre con casi o más de 50 calvo, gordo y barrigón haciéndose el gracioso con una chica de 20 años.”
¿Se puede estar más de acuerdo con algo?

 

Diciembre 2007

NOSOTROS YA NO SOMOS LO QUE ÉRAMOS

Algunas mujeres (o muchas, según me dicen ellas) repiten que no entienden a los hombres de hoy. Les desconcierta nuestro comportamiento, que califican de indiferente o de obsesivos con el sexo, y de pronto se descubren pensando que el tipo que tienen delante es un pasota o un salido. Todas creen que los hombres somos como aquel que se describía en la novela Adiós a los hombres.
Ha llegado el momento de decir que no es así. Ni todos los hombres somos indiferentes a la mujer, ni todos las vemos como un mero objeto sexual. La mayoría del hombre urbano del siglo XXI no se parece en nada a nuestros padres; ni tampoco a la imagen que tienen muchas mujeres de nosotros en la cabeza.
¿Cómo decirlo? El hombre de hoy soltero o divorciado, ese que camina entre los 35 y los 60 años, está tan solo, desconcertado y perplejo como muchas de las mujeres con las que no se atreve a iniciar una relación. A la mayoría le han dicho NO tantas veces que espera, haciéndose el estrecho o disimulando, a que sea ella la que tome la iniciativa. A algunos les da miedo el compromiso, porque normalmente salen de un divorcio o de una relación fracasada, y a otros no les hace ninguna gracia que abordar a una mujer resulte tan difícil. Pero de rechazar una relación, nada de nada.
También es verdad algo que las mujeres nunca piensan, y es muy importante que lo sepan: la mayoría de los hombres son unos grandes tímidos que, durante su vida, han tenido que hacer de tripas corazón, beberse cuatro copas para infundirse ánimos y acudir aterrados ante los ojos de una mujer para proponerle algo. Ese sufrimiento (que les ha perseguido siglos y que las mujeres deberían comprender) se lo evitan ahora porque socialmente se dice que la mujer ha alcanzado la libertad e independencia sexual necesarias y ello les facilita una excusa o coartada (y un gran alivio, también hay que decirlo) porque a ellas les corresponde también tomar iniciativas. Y por eso muchos los hombres se dedican a esperar. El resultado es, como dice el refrán, que los unos por los otros, la casa sin barrer.
No soy quien para aconsejar nada a nadie. Pero creo que estoy en condiciones de asegurar que la mayoría de los hombres (ese que te gusta, también) está disponible, deseoso de tener una relación y dispuesto al compromiso. Sólo falta que la mujer de hoy se atreva a abordarlo. O, aunque no sea más, a ponerse receptiva y demostrar con gestos explícitos (claros para nosotros, que somos unos torpes, no lo que muchas creen que son clarísimos) que ella está deseándolo también.

Ya no somos como éramos. Ni ellas tampoco. Por eso la mujer moderna debería replantearse si hace todo lo necesario para ayudar al hombre a comportarse como ella quiere.

 

EN BULEVAR 21, Noviembre, 2007

EN EL FONDO, TODOS BUSCAMOS LO MISMO

No todas mis amigas están de acuerdo acerca de lo que tienen las mujeres en la cabeza. Algunas aseguran que tienen una agenda (para organizar lo que tienen que hacer a diario: trabajo, familia, hijos, compra, vacaciones, lavadora, etc.); y otras aseguran que tienen en la cabeza a Platón, el filósofo griego, que les contrapone una serie de ideas complejas para debatir y decidirse entre lo que la mujer quiere, lo que tiene, lo que le conviene y lo que le interesa. En todo caso, la coincidencia es amplia cuando aseguran que “la clave es estar a gusto con una misma. Cuando se alcanza la estabilidad emocional, lo demás deja de pesar como una losa”. En efecto: para los seres humanos es esencial sentirse emocionalmente estable. Si se está bien a solas, o se sienten realizadas al lado de una pareja con la que cruzar la vida, todo lo demás es secundario.
Pero, ¿qué está pasando en estos tiempos para que sea tan difícil encontrar esa persona con la que perder el miedo a comprometerse y forjar un proyecto de vida duradero? Las mujeres creen que somos nosotros quieren rehuimos el compromiso, mientras muchos hombres piensan que son ellas las responsables de la falta de sinceridad, la escasez de comunicación y la ausencia de compromisos. Sea como fuere, lo cierto es que unos y otras nos quejamos de la dificultad actual para encontrar lo que buscamos.
Y la verdad es que, si Aurora tiene razón, no debería ser tan difícil. Ella me ha escrito para expresar lo que, a su entender, esperan las mujeres de un hombre. Dice: “Necesitamos un hombre que luche por la perfección en todos los aspectos de la vida, alguien con quien conversar y que me motive a ser cada vez mejor. Alguien a quien admirar y que me admire. Un hombre que nos ame. Alguien lo suficientemente sensible para que comprenda por lo que yo paso en la vida como mujer, pero lo suficientemente fuerte para darme ánimos y no dejarme caer. Alguien a quien pueda respetar, que sea mi complemento en la vida y que me respete como su pareja y amiga. Alguien en quien confiar. Un hombre que pueda ser digno de ejemplo para nuestros hijos. No un hombre infiel, con un alma tan pobre que no me respete, ni se respete a sí mismo entregándose a cualquiera sólo por un momento de placer banal y animal. No aspiramos a atender a nuestra pareja, simplemente tiene que merecérselo. Buscamos a un hombre sensible y con buenos sentimientos, porque el conocerá mis sentimientos con sólo mirarme a los ojos. Buscamos ternura. No necesitamos a alguien mentalmente simple e inmaduro”. 
Estoy tan de acuerdo, tanto, que creo que es exactamente lo que el hombre busca también en la mujer. Ah, qué fácil sería ponerse de acuerdo si todos (unas y otros) fuesen así.

 

EN BULEVAR 21. Artículo de Octubre 2007

EL HOMBRE QUE NO SEDUCE, POR ALGO SERÁ

       Aunque durante el verano se hayan sucedido los intentos de seducción y, en muchas ocasiones, amores efímeros o gozos pasajeros, la realidad es que ahora empieza el crudo invierno, tan largo, y muchos hombres y mujeres nos estamos preguntando qué podemos o debemos hacer para encontrar la pareja que buscamos y necesitamos.
Ese fue el contenido del debate que mantuvimos la otra noche el grupo de amigos y amigas que nos reunimos con frecuencia. La mayor de las sorpresas la dio Raquel cuando, muy seria, afirmó que un hombre que le hablara de sus abundantes conquistas amorosas le resultaba atractivo. Dijo: “El sábado cené con X. Me habló de sus ex novias, que eran muchas y según él todas muy atractivas; y terminó diciendo que él sólo salía con mujeres guapísimas. Y, luego, como dejándolo caer, dijo que le gustaría salir conmigo. ¡Pensé que me consideraba una mujer diez! Eso bastó para hacerme sentir maravillosa; y que a él lo considerara muy atractivo”.
Las demás amigas se burlaron de su ingenuidad, pero poco a poco fueron profundizando en el asunto hasta terminar aceptando (unas más que otras) que preferían a los hombres con una amplia biografía amorosa, porque, se diga lo que se diga, “el que no liga, por algo será”. Uno de mis amigos relató que había invitado a dormir a una mujer a su casa y le advirtió de que no se preocupase, que le dejaría la cama y él dormiría en el sofá. Entonces Ana, entre risas, dijo que si a ella la invitaban a dormir y le decían que él dormiría en el sofá, para eso no iría. Tenía razón, naturalmente; pero lo que trataba de explicar Miguel era que aquella mujer no debía sentirse amenazada, que él era un tipo majo y que no la pondría en un compromiso.
Pero las demás replicaron que “los chicos majos, como amigos bien, pero nada más; que esa bondad, ese comportamiento de buen chico, en realidad no resultaba atractivo. Y que los hombres nos hacemos demasiados líos en la cabeza demasiadas veces: ellas son suficientemente maduras, inteligentes y experimentadas para saber lo que quieren, y el problema de los hombres es que todavía pensamos que necesitan de nuestra protección. Unos creen que hay que protegerlas; otros que hay que aconsejarlas; otros que hay que dominarlas. La conclusión es pésima en cualquiera de los casos.

Aquella conversación de medianoche me hizo pensar si será verdad que el perfil bajo, en asuntos de seducción, no funciona. Que las mujeres tienen en la cabeza una idea aproximada de lo que quieren (o al menos de lo que no quieren) y que el buen chico, trabajador, esforzado y respetuoso, es estupendo para amigo, pero para lo demás parecen preferir otro modelo. A saber si es verdad o una conclusión apresurada de otoño. 

 

EN BULEVAR 21, septiembre 2007:

TODOS LOS CUENTOS
ACABAN DEMASIADO PRONTO

            Todos los cuentos que nos contaron en la infancia, y que nosotros repetimos a nuestros hijos, acaban demasiado pronto: el final es siempre el amor, el beso. Pero, ¿qué pasó después entre Cenicienta y el príncipe? ¿Qué fue del matrimonio de Blancanieves? ¿Es cierto que vivieron felices y comieron perdices? Como dice mi amiga Teresa, para conocer el verdadero final de los cuentos hay que ver los Simpson. 
            Yo me siento bastante desorientado al escuchar lo que dicen las mujeres con respecto al amor, a las relaciones de pareja, a sus deseos. Por eso no ceso de preguntarles. Oí decir a una de ellas que las mujeres tienen en la cabeza “un concepto del amor”, un ideal forjado desde sus primeros años; y que luego tratan de encontrar al hombre al que encajar en esa idea del amor, al que vestirlo en ese ropaje imaginado. El error, seguía diciendo, es pensar que ese vestuario, aunque encaje bien al principio, va a perdurar con los años. Por eso es tan frecuente el fracaso.
            Y si me desorientan las mujeres, qué decir sobre lo que siento al escuchar a mi mismo género. Sus palabras me causan, casi siempre, perplejidad y estupefacción. Los que no son machistas, avanzan hacia la misoginia; quienes no piensan en la mujer como objeto sexual, dicen no comprenderlas y se limitan a reproducir las pautas aprendidas. Pocos son, todavía, los que hacen del respeto su divisa; los que no hablan de igualdad sino que la reconocen, sin necesidad de presumir sobre lo modernos que son por aceptar que todos somos iguales y compartimos idénticos derechos.
            Si todos tenemos una idea preconcebida del amor, no es malo; lo peor es tenerla de “la posesión”. Mi amiga María José me lo dice: el deseo de cambiar a quienes nos enamoraron, no es sólo un ridículo vicio cultural femenino. Todos conocemos a hombres que destruyen, o lo intentan, aquello que les fascinó de la mujer. Es el típico ejemplo del “manazas” que toca a una deslumbrante princesa y la convierte en una oscura cenicienta. A la inversa, seguro que podría ilustrarse con otros cuentos. En realidad, la necesidad de cambiar al otro parece que  obedece a una emoción universal: el miedo. Se trata de anular lo que deslumbra porque, una vez conseguido, se siente temor, consciente o inconsciente, de que otra persona se deje atraer por el mismo brillo. Y esto, llevado a la práctica, es un error tanto masculino como femenino. 

En esto del amor, cada cual tenemos una idea y defendemos que, en lo nuestro, tenemos razón. De ahí la dificultad para entendernos. ¿Podríamos dejar de creer en los cuentos y mirar más a nuestro alrededor?

 

EN BULEVAR 21, Agosto, 2007:

¡FUERA CULPAS!

            Muchas mujeres tienen la culpa en la cabeza. Se sienten culpables por las más diversas cosas: por ser activas sexualmente; por no sentirse deseadas por su pareja; por ganar más dinero que su marido o por no ganar lo suficiente para colaborar en las cargas domésticas; por decir un piropo; porque les piropeen por la calle; por no dar de mamar a su hijo; por no cuidar a su padre enfermo, teniendo hermanos que no lo hacen… Las hay que se sienten culpables por todo: por ser alta o por ser baja; por estar delgada o gruesa; por ser fea; hasta por ser guapa… A veces llego a pensar si habrá mujeres que se sienten culpables tan solo por ser mujer.
            Sinceramente: ¿cuántos hombres se sienten culpables por alguna de esas cosas? Ninguno. Puede que exista alguna excepción, quizá, pero lo habitual es que ningún hombre se sienta mal por ello: echarán la culpa a la mala suerte, a la buena vida, al exceso de trabajo, incluso a la mujer… Pero nosotros no nos ponemos en duda por esas cosas. ¿Por qué lo hacen algunas mujeres? ¡Si es una trampa!
            La verdadera revolución del siglo XXI no es de ellas: tiene que ser la de los hombres, reinventándonos y adecuándonos a los nuevos tiempos. Me lo decía Sandra ayer: las mujeres ya tienen, en occidente, posibilidades reales de igualdad; somos los hombres quienes no las dejamos. Cuando los hombres sepamos aceptar sus derechos, cuando los reconozcamos y no nos sintamos aterrados ante su potencial, las mujeres alcanzaran sus objetivos totales. Pero también opino que, en ese camino, mientras los hombres nos decidimos a rebelarnos contra nosotros mismos y nuestras pautas educacionales aprendidas, la mujer tiene que vencer su culpa, quitarse los sentimientos de culpa y actuar con la libertad que le corresponde. Un largo camino; y difícil. Pero muy beneficioso para ellas y para todos.
            También muchos hombres son culpables de cómo se sienten algunas mujeres: se les van los ojos detrás de las mujeres estéticamente agraciadas; las guapas tienen más fácil encontrar un puesto de trabajo, donde el jefe es casi siempre un hombre; les asusta que sean activas sexualmente, les desagrada que ganen más que ellos, les afean que no cuiden de su padre y, cuando las miran por la calle, culpan a la longitud de su falda. ¿Acaso esos hombres no son culpables de la culpa que se fomentan ellas mismas? Y en vez de mandarles a hacer puñetas, como debieran, se sienten mal.

Como dice mi amiga Yolanda, puede que algunas mujeres no hagan gracia; pero hay demasiados hombres que dan risa.

 

EN BULEVAR 21, Julio, 2007:

"NOS QUIEREN TIERNOS, PERO CON UN PUNTO CANALLA"

Mis amigas no tienen un pensamiento único. Distintos gustos, distintas formas de ver la vida… Pero hay algo en lo que coinciden: los hombres formamos parte de su vida y no pretenden renunciar a nosotros aunque muchas veces nos consideren unos imbéciles (y con razón, a qué negarlo).
Hace diez años, cuando creía que comprendía a las mujeres (pobre ingenuo), llegué a escribir que los hombres tenemos la cabeza distribuida como un piso y las mujeres como un loft. Entonces explicaba que la casa de los hombres tiene habitaciones: la del amor, la del trabajo, la del fútbol, la de los amigos… Y que cuando estamos en una de ellas, estamos en ella, no en las demás: al trabajar no pensamos en los amigos; al ver fútbol no pensamos en el amor; en el cuarto del amor no pensamos en ninguna otra cosa… En cambio, decía yo, la cabeza de las mujeres es como un loft, que lo tiene siempre todo a la vista, de modo que entremezcla las cosas y es muy capaz de estar viéndolo, pensándolo, sufriendo o disfrutándolo todo a la vez.
Antes creía que, en efecto, éramos diferentes. Y ahora, que ya he renunciado a entenderlas y me limito a aceptarlas como son, sigo opinando que hombres y mujeres tenemos una manera de pensar diferente. Ni mejor, ni peor: simplemente distinta. Comprendo que esta idea no sea compartida por muchas de mis amigas; incluso que algunas defiendan que son iguales que hombres o que nosotros tenemos que ser como ellas.
Si ser hombre, hoy en día, es vivir en la perplejidad, ser mujer es vivir en la confusión. Y juntos vivimos en un cúmulo de contradicciones que no sabemos resolver. Muchos de nosotros quisiéramos comprenderlas, pero de pronto nos sale el machismo aprendido y hacemos el ridículo; y ellas, muchas veces, quieren que cambiemos, que seamos más tiernos, sensibles y comprensivos, pero ¡eso sí!, que no nos roben ese punto canalla que les sigue encantando. A mis amigas no les gustan los peleles. O sea que, de puro exigentes, vamos de fracaso en fracaso hasta la soledad final.
Mis amigas tienen sus valores o preferencias y hacen con ellas una jerarquía propia, personal: el trabajo, el amor, la familia, los amigos, la apariencia física… No pierden de vista ninguna, es verdad, pero con ellas establecen una jerarquía, cada cual la suya. Y en lo referente a la apariencia física, lo tienen clarísimo: todos queremos tener veinte años menos. ¡Qué tiempos! No es de extrañar que el cirujano plástico se haya convertido en el prèt-a-porter del psicólogo. (www.gomezrufo.com)

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HASTA SIEMPRE, PROFESOR

Ayer hizo hace veinte años que murió el viejo profesor, el mejor alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván. Veinte años y aún le añoramos no sólo quienes tuvimos la fortuna de frecuentarle sino todos los que aprendimos de él y con él; los que nos enriquecimos con su magisterio y quienes, como vecinos, nos beneficiamos de su inigualable gestión como edil de todos los madrileños. Tierno continúa en nuestra memoria porque no ha habido quien, ni humana ni políticamente, haya comprendido a la ciudad y a los ciudadanos como lo hizo él.

Fácil sería responsabilizar a las décadas transcurridas, y a nuestro propio envejecimiento, las sensaciones que nos atenazan a algunos madrileños. Pero creo que a nadie se le oculta que hoy Madrid es una ciudad más triste, gris y anodina que la que vivimos con él, y sin duda menos libre. La libertad es un don que nadie puede darnos, porque es nuestra; lo único que pueden hacer es quitárnosla, y desde su muerte, poco a poco, a los madrileños nos la han ido arrebatando.

También Madrid es hoy una ciudad más opaca. Aquel brillo de los años 80, cuando era la capital cultural de Europa con o sin denominación oficial, no ha vuelto a deslumbrarnos. Años en los que Madrid causaba admiración, preguntaban por su magia allá a donde viajáramos, querían saber qué estaba ocurriendo, y por qué. Años, en fin, en los que se inició un movimiento regenerador cultural y democrático que, impulsado por aquel Ayuntamiento presidido por Tierno, devolvió la calle a los vecinos, les invitó a convertirse en sujetos activos de la cultura (en lugar de meros espectadores) y facilitó que los madrileños, sin perder la necesaria curiosidad, perdiesen la capacidad de escándalo. Salía Madrid de un túnel (como el resto de España) y en apenas unos años alcanzó una cima de luces que se fueron apagando y que hoy ya parece impensable reconquistar.

Debemos al V.P . una idea de Madrid que los sucesivos alcaldes no han sabido resguardar: el concepto de una ciudad cosmopolita, abierta, sin miedo al forastero, orgullosa de sí misma y libre; una ciudad culta y deseosa de seguir aprendiendo; una ciudad admirable y predispuesta a admirar. Esa ciudad que, a lo largo de la historia, no regateó sacrificios ni solidaridad para sostener los únicos principios que cabe defender sin titubeos: la libertad y la dignidad. Así lo hizo Madrid en Dos de Mayo, frente a los modos injustos e ilícitos de los ejércitos napoleónicos; en defensa de la libertad frente al retrógrado carlismo en el siglo XIX; durante la Guerra Civil, siendo la última ciudad en sucumbir al fascismo; hasta el mismo día trágico del Once de Marzo, cuando los madrileños hicieron la mayor demostración de solidaridad y madurez que se recuerda en la Historia. La dignidad de unos vecinos convencidos de que sin libertad no merece la pena vivir. Y sin presumir de ello, sin alzar la voz frente a la continua agresión de los otros españoles que no han aprendido que el nacionalismo es de derechas y que siguen confundiendo al Gobierno en Madrid con el Gobierno de Madrid. Tierno Galván sigue siendo el punto de referencia intelectual más sólido para quienes abrigamos la esperanza de que nuestra ciudad, algún día, tendrá que cambiar a mejor.

Han pasado veinte años desde su prematura desaparición y continúa viva la sensación de nostalgia; y de una cierta melancolía. La sociedad actual se desliza vertiginosamente por una peligrosa ladera en busca de la seguridad, sin querer darse cuenta de lo que conlleva la pérdida de libertad; se cree a salvo si la ley protege al colectivo, restringiendo las libertades y derechos individuales; vuelve a Goethe: “Prefiero la injusticia al desorden”. El Viejo Profesor no se hubiese resignado, como no nos resignamos sus discípulos. Y le añoramos.

Se celebran homenajes; se invoca su nombre en estos días porque sigue dando réditos electorales; se oyen palabras de elogio. Pero a don Enrique sólo se le debe imitar en su ejemplo, leer sus escritos, aprender de su calidad humana y ensanchar el espíritu con sus enseñanzas. Y no olvidar que ignorar a nuestros intelectuales es mutilar nuestra inteligencia común. A buen seguro tendrán que pasar otras dos décadas para que sea valorado en su justa medida y la Historia ponga a cada cual en el lugar que le corresponde. Hoy, veinte años después de su muerte, me gusta recordar el lema que los madrileños corearon en su despedida multitudinaria: Hasta siempre, profesor . Que así siga siendo. Antonio Gómez Rufo. (EL MUNDO. 20 de enero 2006)

 

 

Antonio Gómez Rufo - Página Oficial